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  eroticos > Otrosmi madrastra

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se publicó en la web el 04 de Octubre del 2005

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  Categoría: eroticos > Otros
  Titulo:

Mi Madrastra I Mis padres se divorciaron cuando yo tenía seis años de edad. Nunca supe con certeza la causa, pero presumo que hubo infidelidad por parte de mi madre; no se habló de ella y la olvidé. Mi vida junto a mi padre fue de amor y dedicación a mi persona y no puedo decir que fui infeliz, todo lo contrario. A los diez años comencé a padecer de dolores en la espalda y los médicos declararon problemas renales. Cambiamos de médico en varias ocasiones y siempre sucedía lo mismo: comenzar los análisis, radiografías, etc. Resultaba molesto para mí por los enemas que preceden a las radiografías de riñones: uno a las diez de la noche y otro temprano en la mañana. Era fastidioso estar enseñando el culo a las enfermeras y resistir la manguerita que sin delicadeza te enfilan para luego depositar casi un litro de agua en las entrañas. Hasta los doce años era fastidioso, pero después era intolerable. Había comenzado a menstruar y tenía pelitos que no deseaba mostrar. Por cuestiones de recato y respeto, mi padre me llevaba a la clínica y allí alguna enfermera con cara de sueño ejecutaba la operación. A los trece años, mi papá hizo compromiso con una mujer de 30 años y la llevó para la casa a vivir. Una mujer bonita, trigueña, de senos fuertes, cola hermosa y fogosa. Desde que llegó me llamó la atención su trigueñez latina; sus labios morenos, su pelo negrísimo y su piel no rosada como la mía. Trató de hacer amistad conmigo pero yo la rechazaba sin motivos verdaderos, me sentía retada, ocupaba mi lugar, distraía a mi papá. A pesar de ello papi la amaba y deseaba; de ello dan fe los gemidos que escuchaba de noche en la puerta de su habitación. En las mañanas se mostraba con descaro al ir al baño; desnuda aunque cubierta por una ligera bata de estar. En ésas ocasiones me miraba con cinismo o ironía y yo apartaba la vista. No pude resistir observarla bañarse en varias oportunidades (siempre por el ojillo de la cerradura). Se bañaba con erotismo, pasaba la esponja por su piel con sensualidad, tocaba su cuerpo con lujuria. Una mañana temprano entré primera al baño para asearme y encontrándome desnuda entró ella. Quedé sorprendida y ella ni se inmutó. Se despojó de su ropa y entró a la ducha sin cerrar las cortinas. Hizo más que nunca. Se abrió de piernas y colocó la ducha portátil al frente de su coño, cerró los ojos y dejó que el agua tibia la acariciara. Con la otra mano estrujó sus pechos, acarició sus nalgas y masajeó su sexo en gestos que nada tienen que ver con la higiene. Me hipnotizó la visión. Su abundante vellosidad parecía de azabache, sus labios vulvares refulgían de piel trigueña, el púrpura de su sendero brillaba en invitación. Hacía mucho rato que debía haber terminado mi aseo pero estaba embobecida. “¿Me acompañas?” invitó al descuido. “No, muchas gracias” respondí con acritud. Terminé de asearme y salí corriendo del baño. Me encerré en mi dormitorio y quedé presa de extraños pensamientos. A la noche comenzaron mis fiebres y papá me llevó a un nuevo especialista. La decisión fue comenzar un nuevo estudio y yo sabía lo que eso significaba. Las radiografías se harían al día siguiente y debía ponerme un enema esa noche a las diez y otro a la mañana siguiente a las seis. Comencé a sufrir por adelantado el ritual de la enfermera con el depósito y la manguerita. Cerca de las nueve y media se me acercó papá a proponerme que el enema me lo pusiera mi madrastra y con ello nos evitábamos la visita a la clínica. Acepté de mala gana porque reconocí que resultaba más cómodo en la casa, solo me preocupaba mostrarme a la madrastra. A las diez entró ella con el recipiente y los preparativos. “Quítate toda la ropa y acuéstate sobre mis piernas” Me pareció extraño, pensé que era mejor acostada en la cama y que solo necesitaba bajarme las pantaletas, pero diciendo y haciendo fue lo mismo. Colgó el equipo en una puntilla de la pared y comenzó a desnudarme. ¿Rozaba mis senos y pezones o eran ideas mías? ¿Sus dedos palparon mi intimidad o lo imaginé? Me acostó sobre sus piernas. Esta vez no terminaba en la manguerita sino en una pequeña cánula (de tamaño infantil) que lubricó con un poco de vaselina. El calor de sus piernas se trasmitía a mi vientre, su olor a violetas me inundaba, temblaba por la expectativa. Separó mis nalgas y puso la punta de la cánula en mi ojete, presionó un poco y se deslizó suavemente hacia mi interior. No la introdujo completa, sólo la punta y accionó la llave dando comienzo la entrada de agua tibia a mis intestinos. ¿La hacía girar o eran ideas mías? “No te preocupes, no te dolerá ni te lastimaré” Comenzó a acariciar mis nalgas muy superficialmente y a poco hice un movimiento “involuntario” que introdujo toda la cánula en mi interior. El agua entraba muy lentamente y apenas sentía las molestias en mi barriga. Comencé a temblar de excitación y temía que ella se diera cuenta. Ya no tenía dudas: la cánula entraba y salía lentamente al tiempo que con sutileza hacía giros que me provocaban erizamientos y corrientes por todo el cuerpo. La encajó con firmeza y extendió sus dedos por mi raja llegando a separar mis labios y coquetear con mi coñito. La miré sorprendida, “es que se sale si no la aguanto” respondió a mi mirada. Me relajé y suspiré ante la nueva situación. A ratos, sus dedos se “reacomodaban” y rozaban mi clítoris, paseaban por la entrada de mi vagina o pellizcaban mis labios. La cánula seguía moviéndose y no pude soportar el escape que salió de mi interior, me sentí aturdida y avergonzada, ¿qué diría mi padre si se entera que me corrí durante un enema? “¿Falta mucho?”, pregunté con aspereza. “Ya terminamos”, expresó mientras extraía la cánula y cerraba mis nalgas para evitar que el agua escapara. Permanecimos unos minutos así hasta que me dijo que ya podía ir al baño. Sentada en el inodoro la observé recoger las cosas y llevarse los dedos al olfato. Estaban empapados de mis jugos y brevemente los pasó por sus labios. Entró al baño y preguntó si me había lastimado o dolido. Tuve que responderle que no, se lavó las manos y la parte superior de un muslo donde se observaba una mancha brillosa de mis fluidos. “No es tan doloroso, de hecho puede llegar a resultar agradable, todo depende de tu disposición mental. Temprano vuelvo con el otro, ya sabes que son dos. Que descanses bien”. Se retiró y quedé muy pensativa. Luego me acerqué a la puerta de su dormitorio y escuché sus exclamaciones unidas a las de mi padre. Aquella noche me sentí extraña y confundida, nunca un enema había provocado cosquilleos de excitación en mí y mucho menos un orgasmo. Las enfermeras lo hacen mecánicamente y ni se inmutan, mi madrastra jugueteó con la pequeña cánula y me hizo venir. ¿Se lo contará a papá? Sentí temor por la posibilidad y me preparé a negarlo todo. Muy temprano sentí que me acariciaban dulcemente y al abrir los ojos encontré a mi madrastra sonriendo y con todo preparado. “Tenemos tiempo porque es muy temprano; tu papá aún duerme”, dijo mientras comenzó a desnudarme. Solo la cubría una ligera bata y el olor a violetas era hechizante. Me tendí sobre sus piernas y suspiré mientras esperaba. Manipulaba con la vaselina y antes de introducirla la detuvo ante mis ojos. No era la misma de la noche, se trataba de una de adultos de dimensiones bastante mayores. De color carmelita claro, arqueada y con el extremo mucho más pronunciado que el cuerpo. No tuve tiempo de protestar ni expresar nada, abrió mis nalgas y puso la punta en mi orificio presionando muy ligeramente. Sentí la entrada del extremo grueso deslizarse dentro de mí. Comencé a excitarme por la sensación de aquello en mi culo. “¿Te molesta?”, preguntó muy bajito. Al girar la cabeza para responderle hice un giro “accidental” con el cuerpo, y la cánula entró completa. No recuerdo mi respuesta, sentía placer por la nueva dimensión que tenía encajada. Sin sutilezas ni disimulo separó mi raja y apoyó sus dedos en mi intimidad. Sobaba mis labios y clítoris, el dedo corazón se movía sutilmente, como serpiente en busca de la presa, explayándose en mis labios menores y entrada de vagina. Me humedecía cada vez más y no podía acallar gemidos. Sentí pellizcos en mis pezones y enderecé la posición para facilitarlo. Las caricias me electrizaban y un volcán comenzó a gestar desde mi interior. Creo que hasta comencé a balancearme en busca de más satisfacción. Un orgasmo explosivo detonó y me licué como nunca lo había hecho. Recuperé el ritmo de mi respiración y pregunté si había terminado. ─ ¿Cómo terminado si no ha entrado aún ni una gota de agua? No te apenes por correrte, en la adolescencia suceden ésas y muchas otras cosas … El agua comenzó a inundarme lentamente y me recuperé de la vergüenza, ¿qué pretendía?, ¿adónde me conducía?, ¿por qué me vine con sus manoseos? No puedo decir que me disgustaron. Su conversación me trajo a la realidad y me sorprendí de sus comentarios. ─ Tienes demasiado desparramados los pelos de tu coño. Es mejor depilarlos un poco y mejorar la apariencia, una mujer debe cuidar su apariencia siempre, ¿no crees? ─ No sé depilarlos, nunca lo he hecho … ─ Al regreso del médico te ayudo, si quieres … Claro que quería, depilarlos y mucho más, todo lo que ella propusiera. Continuó conversando conmigo sobre amor, sexo, caricias y cosas así. Me contó que a mi papá no le gusta el sexo anal porque lo considera sucio y confesó que a ella le agrada mucho. “Parece que a ti también”, dijo. Me pareció atrevido el lance pero tuve que reconocer que me he venido dos veces con las cánulas y sus caricias. ¿Pueden creer que esa mañana asistí contenta a las radiografías? Deseaba terminar y volver a casa. Así se produjo, mi papá le rogó encarecidamente que cuidara de mí porque él tenía mucho trabajo e incluso esa noche llegaría tarde. “No te preocupes, ve tranquilo que yo me ocupo de ella”, fue su comentario. Mi Madrastra II Llegamos a casa y ella se ocupó de preparar una merienda en la cocina. Aseé la humedad de mis entrepiernas, provocada por mis fantasías, y vestí un short muy cortico que dejaba ver parte de mis nalgas, me puse un pullover transparente y esperé que me avisara. Al rato merendábamos ligeramente mientras conversábamos de variados temas. La impaciencia me roía mientras ella comía, bebía y fregaba los platos y vasos. Se dirigió a su habitación y quedé esperando en la cocina. Habría pasado media hora (parecieron dos) cuando me aventuré a su dormitorio porque no podía esperar más. La encontré totalmente desnuda sobre la cama, a un lado estaba desplegada una gran toalla donde se observaba unas tijeras, maquinilla de afeitar, brocha y bote con espuma. ─ Pensé que te habías arrepentido. ─ Esperaba que me avisaras ─ contesté. ─ Me agrada que te impacientes, eso incrementa el deseo. Quítate toda la ropa y tiéndete sobre la toalla ─ indicaba hacia su lado. ─ ¡Oh! Cuántos pendejos y que desordenados. Verás lo bien que vas a quedar. No me gusta depilarme totalmente pero considero que se debe eliminar esa textura silvestre. El sexo debe estar limpio y atrayente, con delicadeza, como si se tocaran los pétalos de una flor. Toca el mío ─ dijo al tiempo que tomaba mis manos y la paseaba suavemente por su vellosidad. Ciertamente era suave aunque de pelos fuertes, estaba recortada pareja y se encontraba muy caliente. Me daba vergüenza el manoseo y me sentía cohibida. Ella se percató y separó las piernas introduciendo mis manos en ellas. El calor era grande y me hipnotizaba la visión. Con gestos tímidos acaricié lo que me ofrecía, palpé sus labios y me acerqué a la entrada; estaba humedecida y tersa. Guió mi mano por su sexo y la ubicó sobre su clítoris, era duro y moreno, palpitaba, invitaba. Di un ligero apretón y gimió: ─ ¡No! Que me harás venir. Dejemos esto y vayamos a lo nuestro. Si quieres te masturbas después, no diré nada a tu padre, será un secreto ─ sonreía con malicia ─ ¿No me vayas a decir que no lo haces? ─ Nunca lo he hecho ─ mentí a medias. ─ Te enseñaré, es divertido y excitante, todas lo hacemos. Pero, primero pongamos esto bonito aquí abajo. Separó mis piernas y comenzó a recortar con las tijeras, luego untó espuma con la brocha y repasó las ingles en busca de vellos esparcidos en la zona. Rectificó bien con la maquinilla los bordes y al terminar me enjuagó y secó con los extremos de la toalla. Al hacerlo, rozaba con sensualidad mis puntos eróticos. Friccionó mi clítoris, secó mi vulva que drenaba sin parar, repasó el ano. ─ Tócate y observa el cambio, ¿no está mejor así? Palpé y admití que se sentía mejor. Quedaron parejos y de suave textura. Al hacerlo sondeé mi clítoris y comencé a excitarme. Cerré los ojos y ella comprendió el estado en que me encontraba. Puso su mano sobre la mía y guió mis movimientos. Nuestros dedos se mezclaban y en ocasiones era ella la que me frotaba deliciosamente. Terminé apartando mi ignorante mano y permitiendo que fuera ella la que se encargara. Como mantenía los ojos cerrados no me percaté cuando su lengua comenzó a saborear mi intimidad. Era exquisito, nunca me lo habían hecho. La calidez, unida a la saliva, me hacía sentir sensaciones jamás experimentadas. Se expandía a la entrada de la vagina, rondaba el perineo, incursionaba en mi ano, pellizcaba mis pezones, acariciaba mi ombligo, mordisqueaba mis labios íntimos. Comencé a convulsionar iniciando vaivenes de franca cópula. Algo se gestaba en mi interior a velocidad increíble, era algo abrasador, ígneo. Cerré las piernas quedando ella atrapada mientras se esforzaba en aumentar el ritmo de los lametazos. Me corrí salvajemente en su boca. Cuando me relajé y abrí los ojos la encontré sonriendo y degustando. Estaba confundida, en menos de 24 horas mi vida había cambiado radicalmente. ─ ¿Eres virgen, no? ─ Sí, por ambos lados a pesar de los enemas que me han puesto. ─ Respetaré tu virginidad y viviremos nuestra vida sin contarle a tu papá, pero yo soy una mujer adulta y tengo mis necesidades, debes ayudarme, ¿estás dispuesta? Temí por una condición humillante o algo que estuviera fuera de mis principios. Quizás iba a confesarme alguna aventura extramatrimonial, y eso no se lo iba a consentir. Me puse seria y comencé a prepararme para una propuesta inadecuada. Ella sonrió y se dirigió al closet donde buscó algo que yo no imaginaba qué podría ser. A poco regresó y lo mostró. Se trataba de un consolador de goma color carne y dimensiones reales. Disponía de correas y trabas que permiten ajustarlo a la cintura. Quedé pasmada de la visión, ¿qué pretendía, violarme con semejante artefacto? ─ Te dije que soy virgen y pienso mantenerme así, ni lo sueñes ─ contesté con acritud. ─ No es para ti, es para mí. No había pasado por mi mente la posibilidad Al ver su rostro me tranquilicé, estaba serena y me miraba con imploración, no había la menor señal de amenaza, se mostraba suplicante. ─ No sé usar eso, nunca lo he hecho. ─ Es sencillo, te lo colocas firmemente y me empalas, luego te mueves como si follaras, no te molestará. Por favor … Lo tomé en mis manos y examiné. Era duro pero flexible y poseía detalles increíbles: venas y arrugas de piel. Se trataba de una reproducción muy real según había observado por el ojillo del baño cuando mi papá se bañaba. Comencé a colocarlo y ella me ayudó en el ajuste. Me miré al espejo y tuve que sonreír por mi reflejo con “eso” colgando. Ella comprobó la firmeza y lo palpó con detenimiento. Pasó sus manos por el miembro y comenzó a restregarlo como si lo masturbara; finalmente, se agachó y comenzó a chuparlo. Cerraba los ojos como si disfrutara de una realidad. Lo introducía hasta el final para luego extraerlo y saborear la punta. Su lengua lo circundaba y humedecía al tiempo que ejecutaba movimientos de vaivén. Yo observaba fascinada la escena, era increíble ver cómo la disfrutaba. Al cabo de unos minutos me haló hacia la cama y antes de subirse a ella engrasó el consolador con bastante vaselina. Se arrodilló y abrió las piernas al tiempo que empinó la cola al máximo. El espectáculo era fascinante. Su coño se abría y mostraba con generosidad. Los labios estaban empapados y brillosos. El agujero vaginal ya no se mostraba rosado sino rojo encendido, más arriba el ojete anal apretado. Puse el extremo en la vagina … ─ ¡No! Por ahí no. Por el culo … Recordé sus comentarios de la mañana y comprendí. Era evidente que hacía tiempo que no la cogían por el trasero y ardía de deseos. Me pareció increíble que pudiera encajarse semejante trabuco por allí. Se veía apretado aunque expectante y deseoso. Lo rodeaban finos pliegues de piel trigueña haciéndolo muy atractivo. Continuó dándome instrucciones, <. Presioné hasta que la cabeza se introdujo provocando un chillido, >. Me meneaba lentamente y observé como se dilataba su agujerito poco a poco. No quería hacerle daño, por lo que me limité a cumplir sus órdenes. Llegado un momento, entraba y salía sin dificultad y era evidente que se había distendido suficiente. <>. Lo disfrutaba mucho, de eso no tenía dudas, ¿qué tal si la hacía sufrir un poco? Continué moviéndome con tan solo la punta dentro de su culo al tiempo que comencé a acariciar su espalda, ella gemía y esperaba pacientemente. Me extendí hasta el cuello y al rato (sin previo aviso), la agarré fuertemente por un hombro y me adelanté al máximo encajando hasta el final aquella gran pinga de goma en su precioso culo. Gritó como si la hubiera rajado en dos, pero se la tragó completa. La retuve fuertemente unos minutos para sentir el placer de mi estocada en lo profundo de sus entrañas; luego, la extraje casi completa para arremeter con furia una vez más. Me mantuve martirizándola y sus gritos espoleaban mis esfuerzos. Se retorcía, pellizcaba sus pezones, frotaba su clítoris, me decía “puta”, suplicaba que se la clavara más. Emprendí un galope en que escuchaba el chasqueo de la vaselina contra su ojete hasta que en el momento más acelerado del trote la escuché gritar, <>. La sostuve fuertemente por el cuello y se la encajé hasta el máximo que podía. Permanecimos unos minutos así hasta que expresó: ─ Suéltame ya por favor, me haces daño. Liberé la mano que la aguantaba firmemente y cayó acostada a lo largo. La pija de goma brillaba y mostraba manchas de excrecencias. Me la quité y lancé al suelo. Luego me acosté a su lado y contemplé su rostro. Respiraba entrecortadamente y relamía los labios, parecía feliz aunque adolorida y sentí lástima por ella, quizás la dañé. Aparté sus cabellos y acaricié su rostro. Abrió los ojos y me miró sonriente. ─ Gracias, muchas gracias. Hacía tiempo que no me lo hacían así, eres muy buena. ¿No te excitó? ─ dijo mientras estiró la mano hacia mi coño y palpó impudorosamente. Yo rezumaba abundantemente y era toda excitación. Se viró boca arriba y empujó mi cabeza entre sus piernas quedando yo a la inversa de ella. Su coño olía a fluídos íntimos que se deslizaban por entre sus labios. No sentí asco y lamí con ansiedad. Puse ahínco y me abandoné en mamar y disfrutar aquel sexo que destilaba lujuria. Sentí que apartó mis piernas y se sumergió entre ellas, sus lametazos me excitaron mucho y comencé a jadear de deseos. No sólo me chupaba el coño, se extendía hacia el ano y luego me penetraba suavemente con un dedo. Alcanzó mis pezones y los apretaba a intermitencias. Yo chupaba y metía la lengua lo más que podía por su vagina, bebí jugos que alimentaban mi fuego. Ella deslizó una mano y comenzó a masturbarse. A poco me aparté y la dejé arrebatada en su oniria. Era una imagen increíble ver como se retorcía ante su propio placer. Pellizcaba sus pezones, amasaba sus tetas, se penetraba con los dedos, musitaba cochinadas hasta que se corrió abundantemente. Media hora después, cambió las sábanas y nos duchamos juntas. Me bañó como no recuerdo que nadie lo haya hecho, yo también la bañé a ella, ocasión que me sirvió para admirar su cuerpo latino, palpar carnes firmes y ardientes, saborear labios de fuego. Nos mantuvimos en ropa muy ligera hasta las seis de la tarde en que nos vestimos con seriedad a la espera de la llegada de mi papá. Conversamos mucho sobre sexo, el amor en la adolescencia, sus aventuras pasadas, el hombre y la mujer en la cama, etc. Confesó no ser lesbiana (¡qué alivio!) aunque no desdeña el sexo con una mujer. Mi madrastra es una mujer caliente, creativa, audaz y atrevida en asuntos de sexo. Acordamos mantener esta estrecha y peculiar relación donde prometió asombrarme con iniciativas que prepararían para la vida, al tiempo que gemiría de placer. <>, fue su aseveración. Me preocupaba mi papá, <>, respondía con seguridad. Mi papá parte para el trabajo muy temprano, es jefe y su lema es que “el jefe debe ser el primero en llegar y el último en irse”, a veces entraba a su dormitorio luego de sentir el coche partir y nos entregábamos a sesiones de sexo arrebatadoras; en otras ocasiones, yo llegaba de la escuela, me desvestía y nos encontrábamos en su cama. Había sido enfermera practicante de acupuntura y conocía sobre la excitación de los puntos eróticos y sexuales con mucha precisión; también me enseñaba. Al principio me ardían un poco los ligeros pinchazos de las pequeñas agujas, más tarde disfrutaba de sus manipulaciones que provocaban orgasmos salvajes en mí al menor roce en determinados puntos. Dicen que la felicidad nunca es completa y es cierto, llegó mi turno. Una mañana sentí partir el coche de papi, me desnudé y corrí a su habitación. Estaba desnuda y su respiración era entrecortada. Me paré al borde de la cama y observé su rostro, pensé que no era el momento adecuado y giré en dirección a la puerta. ─ Espera, no te vayas. Regresa … ─ decía mientras extendía una mano y tomaba un bote de miel de abejas que esparció en su coño con abundancia. Di unos pasos vacilantes y la observé. Radiaba de lujuria y deseos explosivos. Miré a su sexo y vi la miel entre sus belfos, no pude contenerme y me abalancé con ansiedad, nunca lo había hecho así. Aparté mi pelo y me sumergí. Adoro la miel de abejas y me excitaba de solo pensar el sabor de la mezcla. Mis primeros lametazos fueron con fruición y rodeaba su agujero vaginal para sorber la mezcla de la miel y su churmo. Aunque predominaba el sabor de la miel no era lo que esperaba encontrar: había cierta amargura desacostumbrada. Me excitó y sus caricias me sobrepasaron. Se corrió en mi boca con una explosión que inundó mi paladar. Limpié su sexo y relamí todo lo que me ofreció. ─ ¿Te gustó? Junto con la miel y mis jugos te bebiste la leche de tu padre. Quedé pasmada, no podía creer lo que me decía. Ya la conocía y sabía de lo que era capaz, mostré indiferencia y distraídamente le contesté: ─ Nunca la había probado. ¿Lo dices en serio o es mentira? ─ Hasta la última gota y fresquesita, te lo juro. Sonreí, gire hacia mi habitación y me duché. Ese día apenas pude concentrarme en la escuela, no sé cómo pude contenerme ante su aberración. Me sentí muy ofendida y a ratos escapaba una lágrima de mi rostro, era más de lo que suponía que podía hacer, sentí asco de mi misma y me inundó un odio infinito hacia mi madrastra. ¡Hacerme eso a mí! No la perdoné jamás. Cruzó la línea prohibida y juré que me la pagaría. Llegué a casa y me encerré en mi habitación a pensar. Preparé mi respuesta con todo detalle, no haría un escándalo ni le dejaría márgenes para disfrutar su victoria. Actuaría con paciencia oriental y meticulosidad científica, lamentará toda su vida haber transgredido los límites. Mi Madrastra III (final) Durante el resto de la noche me comporté como de habitual, respondía a sus sonrisas con naturalidad y no dejé entrever mi ira ni mis sentimientos. Al día siguiente continuamos como si nada hubiera sucedido. En las ocasiones que me correspondía penetrarla analmente me desquitaba a medias con bastante ímpetu y violencia, ella soportaba y disfrutaba sin asociar los acontecimientos, parecía disfrutar un poco el dolor. Un mes antes de mi cumpleaños quince le pedí a mi papá que me comprara un perro de raza, preferiblemente un pastor alemán. La negativa fue total y acudí a ella en ayuda. Al cabo de unos días papi aceptó y me propuso comprarlo juntos para que yo escogiera el de mi agrado. Ya en la tienda observé algunos ejemplares y seleccioné uno de un año de edad. Era hermoso y vigoroso. Lo llevamos a casa junto con las instrucciones de cómo alimentarlo, cuidados, etc. Al otro día lo ingresamos en una clínica donde lo analizaron, vacunaron, aplicaron tratamientos y finalmente, nos lo devolvieron con un certificado de “libre de enfermedades parasitarias y contagiosas para el ser humano”. Mis relaciones con mi madrastra se mantenían inalterables. A solas, preparé algunos medios que formaban parte de mi plan y el día de cumpleaños solicité permiso para no asistir a clases. Papá accedió, me hizo otros regalos y prometió estar de vuelta a las siete de la noche para ir a Cenar. A la salida de papá fui en busca de Dogo (nombre de mi perro) y penetré en la habitación de mi madrastra. La encontré semidesnuda sobre la cama y leyendo revistas de modas. Se extrañó porque yo nunca entraba en su dormitorio con Dogo. Comenzamos a conversar sobre banalidades y me senté en el suelo a acariciarlo. Con toda intención inicié caricias en sus genitales y Dogo reaccionó comenzando a sacar su miembro rosado, largo y brilloso. ─ ¡Mira esto! Parece que se está excitando. ¿Habías visto alguna vez algo así? ─ pregunté a mi madrastra. Ella dejó la lectura y acudió a observar de cerca. Dogo continuaba respondiendo a mi masajeo y su pija seguía saliendo de la piel que la contenía. Alcanzó dimensiones respetables y daba muestras de inquietud. ─ ¿Se podrá mamar? ─ pregunté con ingenuidad. ─ No seas loca, puedes enfermarte. ─ Sabes que es libre de enfermedades, papá lo asegura por el certificado que dieron. Miraba y dudaba. La conozco lo suficiente para saber que comenzaba a excitarse, pero obviamente dudaba. Agarré el trabuco de Dogo con mis manos y comencé a masturbarlo lentamente. Drenaba un liquido que llevé a mi olfato y no olía tan mal. Hice de tripas corazón y lo pasé por mis labios, no sabía muy mal, quizás un poco amargo, pero no mucho. ─ ¿Te animas? ─ invité. ─ Después de ti ─ respondió. Me incliné e introduje una parte del trabal en mi boca. Comencé a saborearlo y cerré los ojos rogando que todo saliera bien. Gemí, lo elogié, exclamé obscenidades y comencé a restregarme para continuar excitando a mi madrastra. Ella nos observaba magnetizada. Se desvistió y ubicó a mi lado sin dejar de observar. Al rato la halé y se la puse en la boca. La engulló con glotonería y disfrutó la mamada como si fuera a un hombre. Comencé a manosear su intimidad, separé sus labios y alcancé el clítoris que estaba duro como un grano, ella gemía y se licuaba; pasé al ano de ella e introduje un dedo lo más que pude, la reacción fue inmediata. Se volteó mostrando el culo al aire mientras seguía prendida a la pija de Dogo. La sodomicé con dos dedos un rato más y unté abundante vaselina, tan ensimismada se encontraba que no se percató. La separé de Dogo con rapidez, lo calcé con unos calcetines que yo misma había hecho (para que no arañen sus uñas) y lo llevé a la espalda de mi madrastra. Ella estaba dispuesta a todo, ardía de deseos. Cuando se pone así no ofrece resistencia a nada, es una fuente de deseos. La incliné bastante, separé sus piernas al máximo y monté a Dogo sobre su espalda. El perro no atinaba al ano, hacía movimientos disparatados de penetración y más bien acertaba a su vagina; cuando la ensartaba ella gemía pero no era allí donde yo quería que la empalara. Me incliné y tomé su miembro con firmeza presentándolo justo en su apretada boquita anal. Le entró completa y lanzó un grito de dolor. Dogo se movía con violencia y la penetraba ferozmente mientras yo esperaba la llegada del momento. Volví a untar de vaselina los alrededores de su ojete y en una acometida le metió la bola grande quedando ambos enganchados. Cuando se produjo, gritó a todo pecho: ─ ¡Quítame este animal de arriba! ¡Me va a matar! Me miraba con ojos desorbitados y abundantes lágrimas corriendo por sus mejillas. Estaba pasando los peores momentos de su vida. Miré su culo y vi mucha leche, vaselina, mierda y algo de sangre. Dogo se movió un poco más hasta que se corrió en sus entrañas. Estaba ensartada hasta el final y evidentemente le dolía. ─ ¡Sepárame de este animal! ¡Qué esperas! ─ gritaba sollozando sin comprender mis intenciones. Yo sabía que se mantendrían así por unos quince o veinte minutos, me quedaba tiempo de sobra. Fui a mi dormitorio y busqué el collar de Dogo, mi cámara fotográfica digital y una pequeña fusta de goma. Había indagado y sabía que la fusta de goma no deja marcas apreciables sobre la piel. Regresé y comencé a tomar fotos desde diferentes ángulos que no dejaran lugar a dudas. Me miraba asombrada sin saber las causas de mi actuación; mientras, Dogo se volvió al revés quedando empalados uno de espaldas al otro. Con parsimonia ajusté el collar de Dogo al cuello de mi madrastra. ─ ¿Qué significa esto? ─ preguntaba sin entender. El primer fustazo se lo di en las nalgas y chilló con todas sus fuerzas. Halé la cadena del collar obligándola a acercarse a mí; lógicamente, le dolió por estar trabada con Dogo. ─ ¡No sigas, hija de puta! Me vas a hacer daño. No mencioné una palabra, le di el segundo fustazo, esta vez en la espalda, y un fuerte tirón a la cadena. Caminaba de rodillas hacia mí y arrastraba a Dogo consigo. La fustigué varias veces y se acostumbró a arrastrarse a mis órdenes cuando recibía el golpe. No creerán si les digo que disfruté el momento, se sometía cabalmente, no podía hacer otra cosa. Continué durante varios minutos más para que se asegurara de mi control. Al detenerme un momento, levantó la cabeza hacia mí y dijo: ─ ¿Por qué me haces esto? ─ Porque hacerme tragar la leche de mi padre fue una bajeza de tu parte, no te perdono que lo hayas hecho. ¿Sabes la posición en que te encuentras? Nadie creerá que lo que has hecho con Dogo fue obligada, eres una aberrada y una asquerosa. Quedó pensativa unos minutos y para reafirmar mis convicciones le apliqué otros fustazos y la hice recorrer en círculos a mi alrededor. ─ ¿Qué más quieres? ─ preguntó con sumisión. ─ De ahora en adelante serás mi sierva y harás todo lo que te ordene, si te niegas comenzarán a aparecer fotos tuyas en Internet y, por supuesto, la recibirá mi papá y todas las amistades que tengas. Es mi venganza por lo que me hiciste y te aseguro que voy a cobrarte mucho la afrenta, ni imaginas lo que te espera. Me miró con ojos retadores y eso me enfureció, no debió hacerlo. Apliqué cinco o seis fustazos sobre su espalda y nalgas al tiempo que halé la cadena con todas mis fuerzas. Ya no caminaba arrodillada, se arrastraba y gritaba desaforadamente mientras arrastraba a Dogo tras sí. Habrían pasado quince minutos y sabía que la bola de Dogo estaba por descongestionarse; me paré frente a ella con las piernas abiertas y la forcé a mirarme valiéndome de la correa. ─ ¡Abre la boca! No más levantar la cabeza y abrir la boca comencé a orinar sobre su rostro hasta acertar al interior de su boca. ─ ¡Traga! Tragó mi meada sin chistar y cuando terminé bajó la cabeza. Estaba derrumbada. A poco Dogo se destrabó y comenzó a lamerse los genitales. Ella cayó rendida al suelo sin pronunciar palabra y así se mantuvo. Yo recogí las cosas y marché a mi habitación dando palmadas al cuerpo de mi perro. La tarde transcurrió en silencio y sin tropezar una con la otra. Desde allí escuché que se duchaba y regresaba a su habitación. A las seis llegó papá y nos arreglamos para ir a cenar. Lo hicimos en un caro Restaurant por reservación previa. Ella se vistió elegante y habló poco, se notaba demacrada y pálida. Alegó cierta indisposición aunque no estropeó la noche. Papi y yo bailamos y nos divertimos muchísimo. Regresamos tarde y papi fue directo a dormir pues estaba un poco pasado de tragos. Yo me acosté a leer con la lamparita encendida. Al rato sentí golpe de nudillos en la puerta y que pedían permiso para entrar. La autoricé y entró en bata de dormir. Se sentó a mi lado y acarició mis cabellos mientras con voz temblorosa me dijo: ─ He venido a pedirte perdón, de corazón. Eres muy diferente a como pensaba, me has sorprendido por la mañana, pero no hay rencores. No me interesan las fotos, si quieres puedes publicarlas, me interesas tú. No me opondré a tus deseos y haré cuanto digas, solo quiero que no me dañes, no demasiado … ─ No te prometo nada, todo lo contrario. Fuiste mala conmigo y seré mala contigo, muy mala. Ahora vete que estoy leyendo y me molesta tu presencia. Mañana no iré a la escuela y tú asegurarás a mi padre que estuve indispuesta. Te veré en tu dormitorio y haré lo que desee contigo, no te hagas ilusiones. ¡Lárgate! Me miró asombrada pero sin decir nada. Giró en redondo y al cerrar la puerta me deseó buenas noches. Leí un rato más hasta quedar dormida. En la mañana, cuando sentí el coche de papi partir, me desnudé, cogí el fuete de goma y el collar de Dogo y entré en su dormitorio, estaba despierta y anhelante. Sonrió y no le respondí. ─ Ponte tú misma el collar bien ajustado, quítate la ropa y acuéstate en el piso. ¡Andando! Se desnudó y ajustó el collar. Cuando terminó se acostó boca abajo en el piso sin mirar hacia mi. Comencé a fustigarla y a halar la cadena con fuerza. Se arrastraba por el piso siguiendo mis pasos y sus lágrimas comenzaron a brotar y correr por el rostro. No gritaba sino que apretaba los labios y contenía sus chillidos. La mantuve así unos minutos más y luego la follé por atrás con el consolador que tanto le gusta, con la excepción de que no seguí los pasos que habitualmente me orientaba sino, la clavé hasta el final desde el principio. Gritó como una loca pero a los minutos lo disfrutaba. No quiero hacer esta historia aburrida. En lo sucesivo se mantuvo de esta forma la relación por unos meses más. Jamás dejé de fustigarla. Encajaba las agujas de acupuntura en su espalda, nalgas, muslos y hasta en la planta de sus pies. Probé frascos plásticos de desodorante en su vagina y ano, plátanos, pepinos, zanahorias y todo lo que se me ocurrió. Nunca protestó, parece que, a pesar de todo lo disfrutaba. Bajó de peso y se demacró; se volvió nerviosa e inquisitiva, bastante inquieta y un tanto incoherente. Mi papá terminó la relación varios meses después. Dijo que había cambiado mucho y ya no se mostraba amorosa y serena, la largó de la casa. Me llamaba por teléfono diciéndome que necesitaba encontrarse conmigo, yo colgaba y, finalmente, cambiamos el número y lo hicimos privado. Dos años después, a la salida de un mercado, la vi de lejos caminando por un parque. Parecía ausente. Estaba sucia y mal vestida, su pelo ya no brillaba ni era hermoso como antes, me pareció advertir que hablaba sola. Olvidé el asunto y seguí mi vida. A los diecisiete me ofrecí por primera vez a un chico y la pasé bien. Luego he tenido otros y ahora soy una chica de 20 años que se prepara para ingresar a la Universidad. ¿Fuí mala con mi madrastra? Yo creo que no.


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