Ya era tarde y me tenía que ir a la escuela. Faltaba poco para que la campana sonara, y la verdad es que no quería que las monjas me vieran que llegué tarde.
A las siete sonó la campana, y como todos los días, había que ir al auditorio para rezar por veinte minutos. A los diez minutos sentí un olor a cebolla, y pensé, de seguro a alguien se le olvidó ponerse desodorante. Luego me di cuenta que era yo la apestosa. Traté de esconder el olor acercando mis brazos a mi cuerpo. En el transcurso del día, me pasaba una toallita para secar el sudor, o iba al servicio a mojarme los sobacos.
Lo peor de todo es que una amiga me invito a su casa ese mismo día. Estuvimos hablando en su cuarto y al rato se fue a dar un duchazo. En su mesita de noche había un desodorante y el gran dilema de ponerme un poquito o no... Yo, la monjita, decidí hacer el bien y no agarrar lo ajeno, así que me la pase juca por el resto de la tarde.