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  eroticos > HeteroExperiencias Escolares 2

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se publicó en la web el 19 de Abril del 2006

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  Categoría: eroticos > Hetero
  Titulo:

Hola, soy Ayleen, me gustan mucho los relatos eroticos y el 17 de Septiembre cumplire 14 años. Éste es la continuación de un relato en el que lamentablemente no soy la protagonista. Aclaro que, desde hace buen tiempo, estos rumores circulan entre las aulas y pasillos del colegio al que voy. Las chicas y chicos juran que realmente sucedieron. Espero que les guste: Como ya conte , Carolina, con una sonrisa divertida, vio alejarse apurado a su querido profesor. Siempre era así, pero ella no se ofendía. Había obtenido lo que deseaba de él. Su conejito aún le picaba pero tenía el delicioso gusto a esperma de su profesor en su boca para saborear hasta que encontrar a alguien que le pusiera una pija entre las piernas. Eso no tardaría en suceder y lo sabía; nunca tardaba. Relamiéndose por última vez, Caro levantó los libros y salió al pasillo, donde casi chocó con el portero que barría el piso con un escobillón. Era un hombre pequeño, de cuarenta y tantos años, cuya altura llegaba a un poco más de la mitad del escobillón. Se llamaba Bruno Mendieta. Era un hombrecito callado, amable, de cabello negro y a Caro le resultaba muy simpático. A menudo, se detenía a charlar con él sobre su familia. Al ver una colegiala que aún andaba por ahí, frunció el entrecejo; por lo general, significaba que había algún problema. Pero cuando reconoció a Caro, su rostro se iluminó y sonrió como un niño feliz. -Oh, señorita Carolina. ¿Todo bien? "¡Muy bien!", pensó Caro. -Hola, Sr. Mendieta. ¿Cómo anda todo? ¿Come stai? -Bien, bien, gracias. Muy bien, quiero decir. Mí hijo Piero se acaba de casar. -Lo sé. Me lo dijo. Fue la semana pasada, ¿verdad? ¿Se fue de luna de miel? - Sí, a Italia. Pero tengo fotos de la boda. ¿Quiere verlas, señorita Caro? -Me encantaría, Sr. Mendieta. Dejo su escobillón y caminó hacia las escaleras. Caro lo siguió, sin muchas ganas. Habría preferido que tuviera las fotos encima. Ahora tendría que esperar un poco más antes de encontrar alguien que le quitara la picazón en su conchita. Pero realmente estaba feliz de ver al hombrecito tan contento y deseaba compartir su dicha con él. Mientras seguía al portero, bajando los dos pisos, hasta su rincón en el cuarto de la caldera, Caro se descubrió, de pronto, pensando en Bruno Mendieta de una forma distinta que antes. Pensó en sus dos hijos y tres hijas; recordó que su esposa había fallecido el año pasado. Era padre de cinco hijos. Ahora estaba solo. Tenía una verga. De repente, Caro decidió que la quería. La sorprendió no haber pensado antes que él la podría coger. Había muy pocos hombres en el colegio que no había considerado, pero estaba segura de que pronto le pondría remedio. Finalmente, llegaron al pequeño rincón que el portero había arreglado como su "oficina". Innumerables fotos de su familia llenaban la pared sobre la vieja mesa vacía que le servía de escritorio. Al lado, había una pila de bolsas plásticas de residuos, repletas con papeles que encontraba en los pisos del colegio. Orgulloso, el portero sacó el álbum de fotos y se lo pasó a Caro. Bruno Mendieta no podía más de orgullo y alegría. -Es muy hermosa, la esposa de su hijo. Él tiene mucha suerte. Y su hijo también es muy buenmozo. Pero usted es el que mejor está, con su traje nuevo, Sr. Mendieta. -Sí, nuevo. Para la boda. ¿Cómo sabe, señorita Caro? -Me doy cuenta de que no estaba demasiado cómodo. Le apretaba mucho acá, ¿verdad? Horrorizado y asombrado, el hombre sintió cómo Caro, aquella dulce jovencita, apretaba su bulto. Trató de alejarse, pero estaba atrapado delante de su escritorio y no podía escapar de esa decidida mano. La Caro mantuvo la presión, moviendo sus dedos hacia abajo hasta agarrarle las pelotas. El portero a penas podía hablar. -¡Señorita Caro! ¿Qué hace? ¡No! ¡No! No es correcto. No, por favor. -Pero es lindo, Sr. Mendieta. Su pija. Puedo sentir que es muy linda. Hizo a todos sus hijos con ella, y ahora su hijo mayor está usando la suya poniéndola dentro de su esposa para hacer nietos para usted. ¿No le gustaría metérmela a mí también, como lo hacía con su esposa, como su hijo está usándola con su mujer? A mí me gustaría mucho, Sr. Mendieta. ¿No lo haría por mí? Ahora, Caro estaba apretándole la verga y frotando sus manos sobre todo su bulto de carne. El pobre portero estaba petrificado. Caro soltó la pija y, rápidamente, se quitó su blusa rapidamente por la cabeza. Nunca usaba sujetador. Luego, bajó su faldita de colegiala sacándosela por los pies, con pequeños brincos, haciendo que sus tetitas, jóvenes y redondas, se movieran. Sólo le quedaba su calzoncito que en pocos segundos, también estaba en el piso, sobre su faldita. El portero estaba atonito. Nunca lo habría creído. Ni siquiera lo creía ahora; esto no podía estar sucediendo. Debía ser una extraña broma o un sueño. Una jovencita tan preciosa y dulce, desnuda frente a él. Y le había tocado el miembro, como una putona, una prostituta. Pero no lo era. Era la persona más agradable del colegio. Su mente confundida no podía conciliar estas dos ideas opuestas. -Tenga, Sr. Mendieta, ¿no le gusta sentirlas? Ahora son un poco chiquitas, pero pronto serán más grandes y también podrá sentirlas. ¡Sus manos se sienten tan bien sobre mí! Caro había tomado sus manos temblorosas, apretándolas contra sus tetitas. No eran para nada pequeñas, y para una jovencita de trece años, eran muy apetecibles y tiernas. Las manos del portero quedaron ahí, inmóviles, presionando contra sus pezones que se estaban poniendo duritos. Caro aprovechó del asombro del portero para bajar y desabrocharle el cinturón con sus expertos dedos, llenos de práctica. Al hacerlo, empujó sus tetitas más aún contra las palmas de las manos del Sr. Mendieta. En pocos segundos, los pantalones del viejo cayeron al piso. Momentos después, Caro le bajaba los calzoncillos. La verga le colgaba, como sin vida, por el "shock"; pero a la jovencita le encantó vérsela. Era enorme. Casi tan gruesa como la de su profesor de educación fisica, tal vez todavía más, pese a que aún estaba blanda. ¡Era tan extraño verla colgando de un hombre tan pequeño! -¡Oh, Sr. Mendieta! ¡Es hermosa! Tiene una pija tan linda. Con razón tiene hijos tan bellos. Oh, si lo hubiese sabido, habría hecho esto hace mucho. ¿Por qué no me lo dijo? ¡Oh, si sólo supiera cómo me encantan las vergas como la suya! Rápido, se arrodilló en el piso frente al hombrecito, tomó la pija en sus manos y le plantó un beso enorme sobre la cabeza. -¡Oh, no! Oh, señorita Caro. ¡No, per favore! No. No es correcto. Es pecado. Nunca le había sucedido algo similar. Era tan poco natural, tan enfermizo, la sola idea de besar un miembro. Sólo las putas lo hacían. No podía permitir que esta niñita hiciera algo tan horrible, aun cuando sentía una sensación excitante recorriéndole su frágil cuerpo. Pero Caro no le prestaba atención. Envolvió sus labios alrededor de su creciente verga y bajo los cuidados de su experta boquita, su enorme órgano comenzó a crecer aún más grande. De a ratos, la jovencita hacía pausas para susurrar su admiración y para hablarle sobre los hijos que había hecho con tal pedazo de carne. Eso parecía estimularlo porque cada vez que hablaba, sentía que la verga latía y se movía, y se ponía un poco más dura y un poco más grande cuando se lo ponía de vuelta en la boca. Caro no podía esperar más. La picazón de su conchita se estaba convirtiendo en un pedido insoportable. Debía tener esta pija maravillosa dentro de ella. Con las manos al rededor del tronco de la pija ya casi gigantesca del portero, lo atrajo hacia ella, mientras ella se movía hacia atrás, rumbo a las pilas de bolsas de residuos. -¡Venga! Por favor, Sr. Mendieta. Métame su enorme verga como se la metía a su esposa, como su hijo está haciendo con su mujer ahora. Deseo tanto que lo haga, Sr. Mendieta. Por favor, deme su pija. Cayó hacia atrás sobre el colchón de bolsas de residuos, trayendo el frágil cuerpo del portero consigo. Aún tenía los pantalones al rededor de los tobillos y, tropezando, cayó sobre ella. Rápidamente, bajó una mano y colocó la herramienta en posición, donde le daría mayor placer, mientras el otro brazo, rodeándole el cuello, apretaba la cara de Bruno contra los senos adolescentes. Cuando la cabeza de la pija estuvo a la entrada de su conchita hambrienta, entró sin ninguna dificultad, lentamente y con toda naturalidad, sin ningún esfuerzo de parte de él. En un momento, Caro la sintió enterrada muy profunda dentro de ella y suspiró de gloriosa alegría. No había sentido una verga en su conejito, desde que su profesor de Química la había cogido en el cuarto adjunto al laboratorio, a la hora del almuerzo. Levantó las piernas e introdujo la pija del portero aún más adentro de su conchita, apretándole el nabo con sus suaves músculos vaginales. Luego, le susurró al oído: -Ámeme, Sr. Mendieta. Ámeme con su pija. ¡Cójame con su hermosa herrramienta! Algo sucedió en la mente del hombrecito, el recuerdo de un pasado no muy lejano. De pronto, volvió a sentirse el joven paisano que se ganaba a las chicas más bonitas del pueblo y las hacía morir de placer. Con un gemido lujurioso, comenzó un gran mete y saca, con el cual la introducía en el feliz conejito de Caro, hundiendo su instrumento hasta las pelotas cada vez. Su energía y fuerza asombraron a la jovencita, quien explotó en orgasmos a repetición mientras él le metía la verga. Él solo balbuceaba, en tanto su herramienta le hablaba a la conchita feliz en el idioma internacional de la cogida. Finalmente, con un grito ahogado, él se la metió muy profundo, y comenzó a lanzar grandes chorros de leche en el interior de su conchita, a tanta profundidad que Caro creyó que se mezclaría con la leche del Sr. Rodríguez, aún flotando tibios en su estómago. Luego, el viejo cayó exhausto sobre ella, jadeando sobre sus tetitas sudorosas. Caro lo sostuvo suavemente, hasta que la respiración le volvió a la normalidad, murmurándole su agradecimiento al oído. -¡Ahhhh! ¡Fue tan agradable! Su pija me llenó tan bien. Ahora que sé lo bueno que es sólo quiero hacerlo con usted una y otra vez. Espero que me lo permita, Sr. Mendieta. El portero, estupefacto, no pudo decir nada. Suavemente, Caro se lo sacó de encima y, como siempre hacía, se agachó para lamer su pija, cada vez más pequeña, limpiando la leche desparramada y, ansiosamente, chupando hasta la última gota que todavía salía del orificio de la punta. -Señorita Caro, yo… -No, no diga nada, Sr. Mendieta. Fue maravilloso, dijo mientras se relamia los labios. Me hizo un favor muy grande. Espero que usted también lo haya disfrutado. Desnuda, libre y hermosa, se puso de pie en la semioscuridad del cuarto de la caldera. El viejo, pasmado de admiración, la observó mientras se vestía. Al comenzar a subirse la bombachita, cambió de opinión. Sólo sería otra molestia, se dijo a sí misma. Ya durante un tiempo bastante largo, su madre había estado sorprendida por lo rápido que parecían desaparecer los calzoncitos de Caro de su cajón de ropa. Siempre que podía, Caro preferia no ponérselos, y no siempre recordaba recogerlos cuando se los quitaba. Y, a menudo, le gustaba dejarlos como recuerdos Esto fue lo que hizo en esta ocasión dejándolos sobre la hermosa verga del Sr. Mendieta, antes de despedirse de él y salir traquilamente. Regresaría pronto a visitar a su querido portero con la herramienta grande. Pero Caro habia quedado tan excitada con su portero que desidio buscar otras aventuras, antes de tener que regresar a casa. . Y ella sabia que eso no tardaría en suceder. Nunca tardaba. Continua... Ayleen Allylugo@hotmail.com


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