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  ficcion > Narrativa LibreEl niño violado

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se publicó en la web el 03 de Junio del 2005

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

“EL NIÑO VIOLADO” En mi infancia la hierba era naranja. Por parques y jardines, los largos paseos al atardecer que me llevaban del colegio a casa, en aquellos días calurosos previos al período estival, me habían convencido de ello. Quizá fue por esa certidumbre de la que son poseedores los infantes, que son meros hombres pequeños con menos experiencia y por ello también revestidos de menos prejuicios, casi desnudos ante la realidad cruda, de la que se empapan sin afán crítico. Cuando perdí la inocencia, ya adulto, sólo podía intuir y no conocer la esencia de las cosas, y por eso sentí la necesidad de armarme de argumentos para defender aquella verdad rotunda; tuve que recurrir al “todo está en todo” de Leonardo Da Vinci, para ver en la tierna hierba de la tarde los reflejos anaranjados de un sol en su ocaso. Pero, empachado de razón, pronto empecé a poner trabas a la realidad, y con ello, a falsearla un tanto. Me dije que la hierba era naranja sólo a veces, pues el sol de mediodía la coloreaba de amarillo, y en su ausencia casi era verde, aceptando así la insoportable obviedad de mi profesora de preescolar. Sólo por la noche, antes y ahora, estuve siempre de acuerdo con mis retractores: la hierba era negra. Hace algún tiempo comencé una búsqueda callejera; perseguía a aquella profesora de la infancia, alta, rubia y prepotente, que rompía mis dibujos por utilizar la acuarela equivocada, según ella. Con el paso de los años esperaba encontrarla tan altiva como entonces, pero indefensa ante mi superioridad física; sólo abusando de mi condición masculina y atlética podría conseguir que cediera, y aceptara una verdad alcanzada un día por la clarividencia de un niño, que fue oprimido y humillado en lo más íntimo de su ser, ahogado vilmente en un mar de estrógenos, sin lugar a dudas, violado por una mujer. Y así pasaba los días, errático, en busca de mi venganza. En ocasiones creía adivinar las formas contundentes y el aura marcial de mi mortal enemiga, en alguna mujer que resultaba finalmente ser una sombra de la maestra. Cuando esto ocurría, mi primer impulso era abalanzarme sobre ella y hacerla morder el polvo mientras desgarraba sus bragas, pero pronto sentí la necesidad de justificar la acción, armarme de motivos, de nuevo, cosas de la edad. En pocos días ya había elaborado mi grito de guerra, unas pocas palabras que anularían su voluntad de manera definitiva. Preparado para el ataque, ella apareció una tarde soleada en mitad de una avenida. Estaba radiante en su cuarentena larga, intacto su orgullo, firmes y voluptuosas las nalgas que daban continuidad a unas largas piernas adornadas con pantys de verano, y, como me enteré más tarde (no lo hubiera adivinado nunca) había formado una familia. La observe, admiré, disfruté de un momento, me tome un respiro antes de acometer contra aquella puerca procreadora. Seguro de mi mismo, decidido a cerrar un triste capítulo en mi vida, me dirigí hacia ella y la espete: ¡la hierba es naranja!. Al momento, lo que era una sonrisa radiante se había convertido en una estúpida mueca, inexpresiva. Trató de ser amable y simular sorpresa y alegría después de tanto tiempo. Ella, que me aventajaba en 20 años, se acordaba del niño ahora hecho hombre. Quien en su día me hacía llorar de humillación, ahora me invitaba a su casa, rendida ante un hombre en pleno alarde hormonal, y aturdida por la contundencia de mis palabras: era un guiñapo en mis manos. A partir de aquí todo se produjo de manera previsible, aunque sólo para mí. De una manera mecánica, ejecuté las acciones que había maquinado hacía mucho tiempo, sin gastar la lengua más de lo imprescindible. Fui amable hasta que ella cerró la puerta de la casa, entonces empezó el maltrato; con rostro impenetrable volví a repetir ¡la hierba es naranja!, para que entendiera cual era su destino a partir de entonces. Note cómo le temblaban las piernas y preparaba su cuerpo para entregarlo a su amo. La cogí por los hombros y la guié de espaldas hacia el sofá en el que seguramente unas horas antes, alguno de sus pequeños visionaba una serie de dibujos animados. Estampada su cara contra un cojín, se quedó inmóvil como un corderito, mientras, sin prisas, la desvestía parcialmente. En esta postura humillante, la levanté la falda desde atrás, y penetré por el recto con toda la fuerza y brutalidad de que fui capaz. Así, sin resistencia, fue como la puerca se dejó follar, convencida de mi superioridad, y, por fin, rendida a la evidencia. Eyaculé dentro de su cuerpo en el momento en que ella reconocía cual era el verdadero color de la hierba. 2 de Junio de 2005 Raúl Póo Anievas


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