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  terror > vampirosCelos De Verdad

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se publicó en la web el 15 de Junio del 2005

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  Categoría: terror > vampiros
  Titulo:

Por fin se oye la cerradura de la puerta; son las dos de la mañana y aquí estoy, otra noche en la cama esperando que Leticia llegue. No merece la pena que pregunte por qué llega tan tarde, otra vez me dirá que hubo jaleo en el restaurante y tuvo que quedarse hasta tarde. Sé que no es ese el motivo, me juego la vida a que otra vez se ha vuelto a bajar de ese maldito coche azul que la lleva y la trae continuamente. Acaba de entrar en casa; oigo sus tacones golpeando el suelo, por cada paso una aguja se clava en mi corazón y duele, realmente duele. Se desnuda en silencio para no despertarme; pero ella no sabe que hace varios días que la rabia no me deja descansar. Oigo girar el grifo de la ducha y me imagino el agua enjabonada deslizándose por todo su cuerpo, goteando desde el primer pelo de su cabeza hasta el dedo meñique de sus pies; tiene una figura preciosa, quizá demasiado preciosa para mí. No lo digo por decir, sé que esto no va bien, no creo que aguante mucho más tiempo así. Ya poco queda de aquellos días felices en los que caminábamos cogidos de la mano, envueltos en una burbuja de amor e ilusión. Planificábamos nuestro futuro; y joder, todo parecía tan bonito... Aun no sé dónde estuvo mi fallo, no sé que es lo que hice mal, o que es lo que pude hacer y no hice; solo sé que ahora todo es muy diferente. Ya apenas hablamos, y ni siquiera recuerdo desde cuando no hacemos el amor. Echo mucho de menos abrir los ojos por la mañana y ver a mi niña dormida junto a mí, con el pelo sobre la cara y su cuerpo desnudo muy muy cerca de mí. Me gusta arroparla sin que ella se despierte y poder ver en su cara esa mueca de satisfacción. Puedo llegar a estar media hora contemplando su rostro sin que ella ni siquiera se de cuenta. Me gusta levantarme pronto para prepararle el desayuno; dos tostadas con mantequilla y mermelada de fresa, acompañadas de café y zumo de naranja natural; su desayuno favorito. También suelo salír a nuestro jardín a recoger una flor para ella; siempre rosas rojas, son sus preferidas; me lo contó el primer día que nos conocimos. Fue un 17 de septiembre, uno de esos días en los que aún se puede decir que es verano. Antes no creía en eso que llamaban “amor a primera vista” daba por echo que eso era un mito; me equivocaba. En cuanto la vi discutiendo con aquel guardia que quería llevarse su coche, supe que ese ser tan bonito tenia que ser para mí. Me ofrecí a llevarla a su trabajo y aceptó, pero ese día ninguno de los dos llegamos a nuestro destino. Pasamos el día y la noche juntos, como si nos conociéramos de toda la vida, hablando de mil cosas y de ninguna a la vez. Antes nadie me había mirado de esa manera, prestando tanta atención a mis palabras, siguiendo el movimiento de mis labios, mirándome a los ojos sin desviar la mirada de mí ni un solo instante cuando me hablaba. Siempre esperaba a que yo terminase de hablar para empezar ella, me hacia sentir tan bien escuchar esa dulce voz... aun hoy me fascina la manera con la que humedece sus labios entre frase y frase. Creo que hasta ese momento no había descubierto nunca lo que se sentía al estar enamorado, veintinueve años de vida y era la primera vez que notaba esa quemazón en mi pecho. Pasamos toda la noche abrazos en su cama, acariciando y besando nuestros cuerpos, sintiéndonos muy cerca el uno del otro, tanto como si fuéramos una misma persona. Ahora tengo treinta y cuatro años y todo es muy diferente, nuestra relación ha sufrido un deterioro progresivo en los últimos tiempos; no sabría decir con exactitud cual fue el momento exacto en el que esto empezó a fallar, lo que sí que puedo imaginar es el motivo por el que todo cambió. Mis celos; mis celos me han hecho sufrir demasiado desde que conocí a Leticia. He sufrido por lo menos tanto como ella aguantándolos. Durante el primer año solo sufría para mis adentros, lo pasaba mal cuando ella no respondía a mis llamadas o su teléfono estaba apagado. Mil pensamientos venían de golpe a mi cabeza; ¿por que no lo coge? ¿no querrá hablar conmigo? ¿ estará con otro?. Intenté a toda costa que esos pensamientos desaparecieran de mi cabeza, pero pocas veces lograba que fuera así. Finalmente siempre recibía una llamada suya al poco tiempo o se presentaba en casa minutos mas tarde, entonces me daba cuenta de lo tonto que era al pensar esas cosas de ella. No obstante cuando Leticia me decía que había quedado con una amiga para ir de compras, o a cenar con los compañeros de trabajo, yo me quedaba en casa pensando es las palabras exactas que había usado, en los gestos que utilizaba al hablar conmigo e investigaba si lo que me había contado era verdad, o simplemente si en ese momento mi novia estaba retozando en la cama con cualquier otro. Cuando volvía a casa cargada de bolsas de ropa nunca me atrevía a decirle nada, me lo callaba todo, guardándolo en lo mas profundo de mi ser. Siempre pasaba igual, me callaba mi dolor para mí, pero antes o después ella notaba que me pasaba algo y se acercaba para hablarme, para preguntar qué pasaba esta vez. Al final yo siempre terminaba confesándole todas mis inquietudes; ella trataba de calmarme, de decirme que no tenia por que preocuparme, que ella me quería a mi y solo a mi y que lo nuestro era para siempre. Pero yo sabia que lo nuestro se estropearía algún día, porque una persona como ella no aguantaría esto eternamente. El día que me dí cuenta que tenia un verdadero problema fue cuando ella me sorprendió rebuscando en su bolso, buscaba alguna prueba del delito en él. Nunca ví antes en su cara una expresión como la de aquel día. Me costó muchísimo que me perdonara. Ese día supe que tenia un verdadero problema; accedí a ponerme en tratamiento psicológico, como me habían recomendado tantas veces mis amigos y familiares. En pocas semanas todo cambió a mejor para mí, me sentía mucho más tranquilo y sereno. Hasta que una tarde al regresar del trabajo recibí una llamada; una voz femenina me hablaba, decía ser una persona que me apreciaba mucho y que no iba a permitir que se ocultara la verdad. Me sobre avisó de que Leticia no era la persona que yo pensaba que era y que estaba siendo engañado. No creí esas palabras, pues no sabía de que fuente procedía, graso error; al poco tiempo empecé a notar cosas muy extrañas. Como el día que encontré un botón en el suelo de mi casa, conozco todas mis camisas y sé que ese botón no era de ninguna de ellas; o aquellas veces en que ella se refugiaba en el cuarto de baño para mantener misteriosas conversaciones telefónicas. Hablé con ella. Le pregunté qué pasaba, qué eran todas esas cosas, esos detalles tan raros. Encontró una contestación coherente a cada una de mis preguntas y todas parecían tan verídicas... ; me dijo lo que yo necesitaba oír y creí lo que quise creer. Pienso que si mi manera de ser hubiera sido diferente, sin mis celos, mis mil maneras de hacerla sufrir, mis comederos de cabeza; no habría pasado lo que finalmente pasó. Tanto tiempo pensando en la posibilidad de que mi novia me fuera infiel, y mira, ahora mis miedos y mis temores se habían echo realidad. Lo pude comprobar con mis propios ojos. Eran las tantas de la mañana y yo seguía solo en mi cama, ya no sabía qué pensar, me vestí corriendo para ir al restaurante donde trabaja mi mujer y comprobar con mis propios ojos que ella seguía allí, pero ni siquiera me dió tiempo a ello, pues nada más salir por la puerta de mi casa me encontré con la escena con la que había soñado siempre en la peor de mis pesadillas. Allí estaba, la mujer más hermosa del mundo, dentro de un enorme coche azul, inmensamente mejor que el mío. Besaba a un hombre sin rostro, refugiado por la oscuridad de la noche. Se besaban apasionadamente, abrazándose y tocándose. Apenas aguanté unos pocos segundos esa escena. Entré dentro de casa y subí por las escaleras, herido de muerte, derrotado, humillado, llorando como un niño desolado sin el consuelo de su madre. Me quité la ropa y me acosté en la cama, recordando en mi cabeza una y otra vez la escena que acababa de presenciar. Apenas me dí cuenta cuando ella entro en la habitación y se acostó junto a mí. No tuve fuerzas ni valor para decir nada y simplemente me hice el dormido, llorando para mis adentros. Sentía mi corazón a punto de reventar, bombeando sangre hirviendo por mis venas a un ritmo desenfrenado . Apretaba los dientes con fuerza, estaba rabioso y sin embargo mira, ella ya dormía plácidamente, sin remordimientos, sin penas... sin preocupaciones. Hoy ya es de día, vuelvo a contemplar el amanecer una mañana más. Hace algunos días que la descubrí con ese maldito hombre y ni siquiera me he tomado la molestia de hablar con ella, con lo que vi me es suficiente, no necesito más. Los primeros rayos del sol penetran por la persiana alumbrando el lado de la cama donde se encuentre ella, parece un precioso ángel iluminado. Mientras tanto mi lado de la cama permanece a oscuras, yo soy un ángel caído, un ángel condenado. Oigo el cantar de los pájaros más madrugadores. Es precioso oírlos, quisiera ser un pájaro ahora y volar, lejos, muy muy lejos; y no volver jamás. Dios mío, es preciosa, la contemplo con dulzura mientras duerme, añorando tiempos mejores. No hay duda, demasiado preciosa para mí. Bajo a pasear por el jardín y contemplo una enorme rosa roja que reluce mucho más que el resto. La arranco con mis manos haciéndolas sangrar, y vuelvo a mi habitación para dejar la rosa sobre la almohada, ahora manchada por la sangre de mis manos. La arropo como solía hacer cada mañana, con la diferencia de que esta vez simplemente será la ultima. Beso su frente y huelo su maravilloso pelo, solo una vez más. Es mentira eso que dicen de que cuando te estas muriendo toda la vida pasa por delante de tus ojos en unos pocos segundos. Mientras desgarro las venas de mi muñeca el único pensamiento que recorre mi mente es el amor de mi vida, tan hermosa como siempre. La sangre sale a borbotones, casi me sorprende que aún siga siendo roja después de todo. Ya se va la vida, la vida y el amor, las dos cosas abandonan mi cuerpo a la misma velocidad. Ahora yo también soy un pájaro, un pájaro precioso, vuelo lejos, muy lejos en un vuelo sin retorno. Hasta siempre, mi amor; ten por seguro que nadie jamás te amará tanto como yo lo hice, perdona mis errores y que Dios se apiade de los tuyos. Se va la luz. Se apaga la vida. Se acaba el dolor. Juan José Guijarro A Leticia.


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